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El y sus compañeros finalizaron su jornada laboral. Cabizbajo, pensativo y cansado encaminó sus pasos hacia su casa, donde le esperaba una frugal cena que con habitual desgana masticó lentamente hasta acabarla. En la televisión, los créditos de Superman en crowl iniciaban la sesión de noche programada en la cadena que al azar surgió cuando apretó el botón en off. No llegó a ver el final, había visto mil veces cada una de las películas del super hombre, un soporífero sueño había hecho que el sillón lo engullera. Llegada la hora programada, casi de madrugada, como todos los días despertó de repente, la misma sensación de alegría y vitalidad de siempre le inundó de nuevo. Todavía a medio secar por la ducha fría de la que había salido se dispuso a entrar en la malla azul que pegada a su cuerpo dejaba ver su aspecto saludable y musculoso. Se calzó las botas rojas y amarró el cordón de su capa también roja. Frente al espejo daba su final retoque al caracolillo de su pelo. Como todas las noches también recordó a Estrellita. Una vez en el pretil del balcón cerró el puño, levantó su mirada y el brazo derecho hacia arriba y, con un leve impulso, inició el vuelo sobre los tejados de la ciudad. No tardó un segundo en encontrar sus objetivos. Allí estaban, abajo, una moto con el tubo de escape manipulado y conducida por un imbécil, dejaba a su paso una estela de ensordecedor ruido paralizando la vida, el sueño y la charla de los impotentes ciudadanos. Al instante, otra moto en sentido contrario bajó a gran velocidad la empinada calle, el ruido al acelerar heló la sangre de aquellos que estaban en las mesas del bar, y sus esperanzas de que traspasara un cartel de rebajas de ropa, se vieron frustradas por la inclinación del cuerpo del niñato al dar la curva y desaparecer. A otro alelado montado en su vulgar moto lo reconoció desde el aire, había sido quién el sábado pasado interrumpió bruscamente la siesta de sus vecinos. Otros payasos -en el peor sentido de la palabra- hacían, peligrosamente para los transeuntes, el caballito con sus motos junto a las palmeras. Allí estaban. Eran los mismos de todos los días y de todas las noches. Desde el aire los veía a todos, para él ya eran un espectáculo conocido y desagradable. Dió varias vueltas en espiral y con su potente mirada siguió el chirriante recorrido de una de las motos que, ya era hora, se dirigía a recogerse. Descendió lentamente y, situándose junto a la moto aparcada, sintió el agradable refresco de una brisa en la noche oscura de verano. Sabía exactamente lo que tenía que hacer, lo hacía todas las noches con aquellas molestas máquinas de ruido y estupideces. Flexionando las piernas colocó sus manos frente a la rueda trasera. La operación duró unos segundos que, como todas, no le ocasionó especial trabajo. Con su depurada técnica hizo un nudo del tubo de escape. Un nudo perfecto, irrecuperable. Un nudo imposible que solo Supermot sabe hacer. Otras motos corrieron la misma suerte esa noche, sus tubos de escape retorcidos les daban una apariencia ridícula, surrealista y absurda, la misma que ofrecía su obtuso propietario al descubrirla por la mañana. Una imagen que, por contra, provocaba alegrías, ilusión y optimismo en los asombrados vecinos que las contemplaban con regocijo, sintiéndose protegidos y vengados por ese desconocido personaje que la voz popular, con cariño, respeto y admiración, ya lo llamaba Supermot. Al cerrar la puerta de su casa para dirigirse al trabajo, ya con aspecto normal, una pequeña taquicardia le hizo descubrir otra mañana más su único deseo: que llegara la noche para continuar con su amada labor. Dios te lo pague Supermot. G.A. COIN, 1996 |