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A QUIEN CORRESPONDA |
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LA TORRE DE LA TRINIDAD |
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Mírala, mírala, ahí esta la Torre de la Trinidad, que pena de como está; no está como se merece ni debiera estar. Esta torre, último vestigio de lo que en su día fue el Convento y Colegio de la Trinidad, tiene su origen en el primer tercio del siglo XVI como Convento de Trinitarios y, ya en este siglo, de Franciscanos. Su singular base triangular, en conmemoración de la Santísima Trinidad de la que eran devotos sus fundadores, su construcción con materiales típicamente coineños, fundamentalmente el cantillo, su coronación con tejado de cerámica vidriada sosteniendo el remate de su preciosa y clásica veleta con ciervo, y su racional y divina esbeltez, la configuran como uno de los monumentos más significativos y emblemáticos de nuestra ciudad y nuestro patrimonio. Un pueblo que no conserva su patrimonio, y no me refiero sólo al patrimonio monumental o urbanístico, sino su patrimonio cultural, sus tradiciones, sus costumbres -porque de lo mismo estamos hablando y es una misma cosa todo-; un pueblo, digo, que no conserva su patrimonio es un pueblo condenado a no tener nada, a quedar vacío de contenido y de historia, a perder el recuerdo de los que nos precedieron, a olvidar todo lo que de grande y bueno fuimos; a desaparecer, en suma. |
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Esta torre, habiéndole ganado el pulso a su historia y su propio destino, nos lo está recordando diariamente. De su desafío al tiempo y la gravedad ha salido vencedora; su ejemplo, pues, tiene que servirnos a todos nosotros como ciudad, como ciudadanos de Coín, como coineños, para recoger el mensaje e interpretar en positivo las claves que la propia historia, nuestra historia, nos da para continuar entendiendo el pasado, mantener lo que tenemos, y seguir afrontando el reto del futuro. La Torre de la Trinidad, a estas alturas de nuestra propia historia, manteniéndose en pie, con una dignidad y un estoicismo propios de su sencillez y saber estar, ya le ha ganado el pulso al futuro. Ya debe de haber ganado nuestra torre su partida al tiempo, ya debe tener su futuro asegurado, aunque sólo sea como compensación de cuantos agravios y olvidos se le ha venido sistemáticamente haciendo a lo largo de su vida, y, además, debemos todos de estarle agradecidos, por haber permanecido incansablemente de pie y orgullosos de que, aún hoy, conviva con nosotros en silencio. |
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Callada, extenuada, nos dice todos los días que no puede hablar, que su palabra es la mirada, que aquí sobran las palabras. De ella recordáis todavía muchos de los que la estáis viendo un patio cuadrado de columnas y un pórtico, dos escaleras: una, a las clases; otra, a la clausura. Entre sus muros aprendisteis vuestras primeras letras, vuestras primeras oraciones, vuestros primeros juegos; tuvisteis los primeros amigos, aprendisteis a ser niño, y vuestro cielo fue, como hoy para nosotros, lo que vemos por encima de ella. Porque una torre es eso: la idea del hombre de estar más cerca del cielo, de unir a través suya la tierra con el cielo, el cordón umbilical que nos une a ambos, lo que pisamos y lo que nuestra mirada se encuentra cuando se eleva. Con ella nos elevamos todos. Del olvido en que se encuentra y su lamentable estado de conservación debe tomar buena nota quien corresponda y remediar cuanto antes este agravio. Pero no pensemos que su actual estado es de ahora, ya viene de lejos aunque los que estamos ahora somos los responsables más cercanos de la situación. Me contaba un día Juan Fernández Ramos que, siendo el concejal de nuestro Ayuntamiento allá por los años 60 ó 70, en uno de los Plenos de la corporación salió a colación este tema y por uno de los concejales, con muy buen criterio por cierto, se adujo la necesidad de su arreglo y adecentamiento, argumentando en razón de la importancia del caso que se trataba de una edificación de estilo mudéjar; contestándole Blas Leote, concejal por aquel entonces también de la misma corporación -y persona, de la que siempre me dijo mi padre era de una simpatía y gracia tal que la derrochaba no sólo con la palabra sino con la pluma y el papel- que no era de estilo mudéjar, que lo que estaba era "mu dejá". Y efectivamente, esa anécdota define su estado, está "mu dejá". Días pasados me comentaba el señor Alcalde, a propósito de ello, que existe aprobado desde el año 1984 un proyecto de remodelación y arreglo y que, incluso, ya fue en su día aprobado por la Junta de Andalucía. Casi trece años después, la Torre sigue estando "mu dejá". Algo habrá que hacer por quien corresponda para que ese proyecto se lleve a cabo y no siga más tiempo durmiendo el sueño de los injustos. Todos tenemos nuestra responsabilidad, a todos nos incumbe luchar por que deje de estar "mu dejá". |
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Pero si hablamos de urbanismo, la Alameda no acaba en los brazos abiertos del Santo Cristo; la Alameda empieza en la ascensión de la calle La Feria y acaba en La Torre, de tal manera, y esto puede apreciarse en las fotos antiguas, cuando la Alameda todavía era un bello espacio abierto y que todavía hoy disfrutamos como espacio de usos múltiples y lugar de encuentro siempre, que todas las líneas de fuga en esa perspectiva, concluyen y coin-ciden en el eje vertical de La Torre. Su ubicación, por tanto, no es casual, su enclave no es arbitrario, su arquitecto supo muy bien donde colocarla, en el sitio justo, en el lugar perfecto de la salida y la entrada al casco urbano por el camino de Monda, la ciudad más cercana a la nuestra, pero sobre todo, que estuviera presente en la Alameda, que desde ella pudiera verse, contemplarse, que estuviera presente, y hoy, afortunadamente, sigue estando en su sitio. Arreglarla, adecentarla, recuperarla para nuestro patrimonio, para nuestra cultura, para nuestra historia, para nosotros, para Coín, debe ser ya una prioridad inexcusable de quien corresponda su intervención, pero ojo, vamos a recuperarla con dignidad, con toda la dignidad del mundo, la que se merece ella y nosotros. Recordarla de vez en cuando no está mal, refrescar la memoria con su ejemplo es conveniente y saludable, sirva esta reflexión sobre la Torre de la Trinidad para llamar la atención sobre su actual estado, sobre la necesidad de su recuperación antes de que se desmorone definitivamente, que al final responsables seremos todos, pero si algún día ocurriera, en sus escombros estaría nuestra dignidad, y eso nunca debe ocurrir.
José Manuel García Agüera Coín, diciembre de 1996 |
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