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[ Mensajes 98 - BBS Plaza Pública ]

Enviado por trescatorcedieciséis el 27 de Agosto de 1998:


Por una mínima moral

Para que ninguna clase social fuese dominante en la vida política, económica y social de las naciones, se inventó la democracia parlamentaria. Con ella todo el mundo podía tener acceso al poder mediante el sufragio universal.
La persona que se dedicaba a la gestión de lo público, renunciaba en el acto a su sueldo privado, ya fuese generado por empresas propias o por dedicación profesional.
El hecho de gestionar la hacienda pública impide, por naturaleza, manejar negocios privados. Las razones son muy bien conocidas: aparecen corruptelas de toda clase y se crean compromisos ilícitos que atan al ejercicio del poder. Lamentablemente, esto ocurre con una asiduidad excesiva. El ciudadano se siente absolutamente impotente e inútil ante los desmanes que comete la democracia representativa, llegando a la extenuación y el aburrimiento más planos.

En Coín se cuecen las mismas habas:
Las sustantivas ventajas de las que goza nuestro primer edil en la ocupación de su cargo no nos son ajenas. Los partidos opositores presumen de tener pruebas fehacientes y suficientes para acusarle de algunas tropelías económicas. Sin embargo, la denuncia en los juzgados se ha minimizado en pataleta opositora, que no va más allá del "él sí, nosotros no", o mejor dicho: "él ahora sí, nosotros ahora no".
Mientras, el ciudadano, que con el pago de sus tasas hace de los políticos unos profesionales, se las traga una detrás de otra.
¿Falta de información? ¿Falta de organización? ¿Ausencia de líder antagonista? Simplemente, creo, no.

El, antiguamente honroso, ejercicio de la política se ha tornado trabajo cualificado y remunerado, que se aprende en las "escuelas taller" de los partidos. Allí, en la nomenclatura, se dictan, sin ningún atisbo de pudor, las normas que transforman una dedicación honrada en oficio de tinieblas.
Hace falta, pues, la luz que ilumine la acción política y la gestión escrupulosa de nuestros fondos públicos, porque la política es cosa de los ciudadanos y no exclusiva de los partidos.
Me explico: La democracia representativa ya no representa más que los intereses de los aparatos de los partidos y en primer lugar los de sus líderes carismáticos (otro día hablaremos de la falacia del carisma).
En contraposición, la democracia directa y participativa, de cada uno de los que pagamos impuestos, es el método ideal para profundizar en el sistema democrático y acabar así con la partitocracia. Porque nada mejor para los representantes políticos que continúe la farsa de elecciones cuatrienales y con listas cerradas. De esta manera consiguen que la "masa votante adormecida" continúe manteniendo y legitimando el teatro político, en beneficio de los protagonistas de la "opera bufa" en que ha degenerado la gestión de la cosa pública.
"Muchos concejalillos y alcaldes, demócratas advenedizos, dirán que con Franco era peor. Y era peor, sin duda, pero aquello se pudrió solo, como quizá se pudra esto algún día".

De inocentes, muy inocentes, será creer que el problema pueda tener arreglo en manos de los mismos que lo han creado y que, a su antojo, manipulan el sistema democrático en defensa de sus únicos y exclusivos intereses.

No esperemos la llegada de ningún redentor, éste no vendrá nunca, y si viene será montado en un coche carísimo y con las "buenas intenciones" mermadas y condicionadas por compromisos espurios ajenos al interés social.

La razón, ya sabemos desde los tiempos de Kant, no es pura ni objetiva, pero la desilusión es meridianamente clara. La confianza en los partidos desaparece y queda la "tierra quemada" donde nunca crecerá ni una brizna de yerba esperanzadora.
¿Pesimista? no. Optimista informado.

Así que, ante el deprimente panorama: Manos a la obra.
Y manos a la obra significa: NO VOTAR hasta que haya listas abiertas en todas las elecciones a cargos públicos que se celebren en nuestro país.

Por favor, dejen de tener los brazos cruzados y la cabeza entre algodones, así evitaremos la terrible "desolación de la quimera".
Si no, estaremos condenados a "vivir entre las ruinas de nuestra inteligencia" y acabaremos siendo "encantadores ceros a la izquierda".




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